Mazinger ZEn el umbral de los 40 observo a los chavalines universitarios a los que doblo en edad y percibo de golpe esa gran losa que está a punto de aplastarme. Cuarenta inviernos prestos a caer sobre mi maltrecho cuerpo, que poco tiene ya de juvenil.

Mis amigos invaden mi buzón electrónico de mensajes subliminales con malintencionadas comparaciones generacionales para que mi moral no levante cabeza. Lo que me fastidia es que tienen razón, por más que me resista, nada tengo ya en común con estos jóvenes de hoy. Me comparo con ellos y nos separa un abismo. Las comparaciones son odiosas, lo sé, y en este caso más. Cualquier parecido entre un joven de hoy en día y yo es pura coincidencia. Ya soy “mayor” y debo aceptar por tanto que los veinteañeros me llamen “señor” y hasta de “usted” los más educados.

De todas formas no les envidio nada , porque al volver mi vista atrás tan solo percibo maravillosos recuerdos de una apacible senda rural que dista mucho de la bulliciosa autopista de alta velocidad por la que circulan los jóvenes actuales.

Una de las muestras evidentes de este cambio generacional podría ser Michael Jackson quien para ellos siempre ha sido blanco, desconocen al negrito afro de los Jacksons Five como desconocen tantas cosas de mi tierna juventud…

Evidentemente saben lo que es el “manga”, te hablan de un tal Son Go Ku, pero no tienen ni idea de quien es Mazinger Z y jamás se emocionaran con los pechos de Afrodita.

Son la generación de la “Play Station”, mucho más evolucionada pero seguro que no tan apreciada como mi generación “Atari”.
A pesar de que los chicos de hoy conocen al detalle la anatomia de Pamela Anderson y saben más de sexo de lo que yo sé incluso ahora, ignoran el placer que era observar los pechos de Samantha Fox en una época en que no había pechos al aire en las playas.
Estos jovenzuelos no han deleitado nunca sus oídos con el melancólico sonido del vinilo, lo suyo son las siglas: CD, MP3, DTS…

Se trata de una juventud dependiente de un artilugio llamado “móvil”. No pueden imaginarse la libertad de la que disfrutábamos sin este aparatito, y por supuesto son incapaces de entender como éramos capaces de salir un sábado con los amigos y “encontrarnos”.

Los niños de hoy son unos apasionados de un deporte llamado fútbol, cuando en realidad no es más que un puro negocio que se nutre de ellos. Por suerte nosotros pudimos disfrutar de la era del Quini, Arconada y tantos otros de los que no saben siquiera que existieron; creen saberlo todo sobre el balompié, pero probad a preguntarles por el naranjito y veréis que cara de asombro ponen.
Son tantos los recuerdos de mi lejana juventud que podría llenar páginas. El pequeño saltamontes, Barrio Sésamo, Orzowei, Dallas, Falcon Crest, la muerte de Franco, Felipe González con cazadora de pana, las dos Alemanias, los Juegos Reunidos, el Tente…

Para acabar de rematarme están los hijos que crecen disparados sin parar, sin darme tiempo a asimilar mi estatus de hombre adulto y responsable padre de familia.
Pequeñajos que cohabitan con el Shin Chan, y las Super Nenas. Nada que ver con nuestra Heidi y el adorado Marco con su monito Amelio.
Criaturas que casi antes que andar ya son capaces de programar el video, aparatito que yo vi nacer ya en mi adolescencia. A su edad teníamos una tele en blanco y negro y dos canales; para ellos lo más normal son varias teles en color y tropecientos mil canales vía satélite.
Las niñas de ahora se divierten con una anoréxica muñeca llamada Barbie, las de mi época adoraban a una saludable Nancy
Son los hijos del €uro, a los que les contaremos batallitas de nuestra melancólica “rubia” y del icónico “duro”, al igual que hacia mi abuelo con sus “reales” y “peces de dos cèntims”.

En fin, a esperar el síndrome de los 40, es decir, hacer deporte, comprarme un deportivo, ropa juvenil, tinte de pelo, salidas nocturnas por locales de moda, escuchar ritmos digitales en antros poco saludables y cosas de esas… ¡Que Dios me de salud para aguantarlo!