Primera ComuniónMis hijos querían hacer la Primera Comunión y yo que soy tan reacio a estas cosas tuve que ceder a su voluntad.

A cambio de no hacer la Comunión les prometí una gran fiesta sin necesidad de tener que pasar por la Iglesia, pero no aceptaron. Les prometí regalos sin necesidad de tomar hostia alguna, pero tampoco. Querían su Primera Comunión como Dios manda: ella con un vestido blanco y largo como de princesa y él de marinerito. Les dije que a la fiesta prometida podrían ir con ese vestido sin que tuvieran que detenerse primero en el altar; pero no coló. Y tampoco funcionó que les prometiera darles yo personalmente un par de hostias.
¿Que podía hacer pues?

Al final, como era previsible, se celebró la Comunión y mis hijos se lo pasaron en grande, irradiando tal cantidad de alegría que hizo que mereciera la pena cumplir con todo este rollo protocolario. ¡¿Qué no haríamos por ver sonreír a nuestros hijos?!

Dejaré para otro día hablar de religión.