Ayer fui a Decathlon con mi mujer y mis hijos. El curso escolar está a punto de empezar y necesitábamos provisiones de deportivas y chándales. Al final, como era de esperar, cargamos más de la cuenta.

Cuando tuvimos la cesta bien repleta mi mujer me dice que mientras yo voy pagando que se va con los niños a la tiende de enfrente. Así que me fui en solitario a la caja.

A medida que le iba dando los artículos a la hermosa cajera ella los pasaba por es escáner y los iba amontonando en el mostrador, y allí se quedaron… sin meterlos en bolsa alguna.

Le pedí amablemente a la cajera, que ya había perdido parte de su encanto, si me podía dar un par de bolsas y va la niña y me responde tan panchamente:
- Ya no damos bolsa
- ¿Y cómo me llevo todo esto? – le pregunto apurado.
- Lo siento, pero por política medioambiental de la empresa ya no damos bolsas.

Pero la mentada política medioambiental no estaba allí para darme una mano para llevar mi compra al coche.
En eso que la cajera, ante mi desespero, me sugiere una solución:
- Si quiere puede comprar una bolsa.
Precisamente junto a la caja había un montoncito de bolsas a la venta, ¡vaya tú que casualidad!

¡Que carajo política medioambiental! Eso era una política economómica pura y dura.
Decia mi abuelo que de pagar a cobrar va el doble. Si aplicamos esta máxima a las bolsas esta claro que resulta más beneficiado el bolsillo del señor Decathlon que el medio ambiente.

En situaciones apuradas me bloqueo y no se reaccionar a tiempo como es debido, así que como un pringadillo, que es lo que soy, compré la bolsa y me marché sin rechistar.