El otro día comentaba que llevo 800 vuelos en 15 años, pues bien, nunca jamás me había olvidado el DNI… hasta ayer. Alguna vez tenía que ser la primera.

Justo cuando iba a embarcar me di cuenta de que no lo llevaba. Me quedé paralizado, como suele sucederme en los momentos de apuro. Pero era cuestión de hacer algo y rápido, que el avión no espera, así que le eché valor y me dirijo a la azafata con mi carita de pena y le digo que no llevo el DNI. Como era de esperar, tal como está establecido, me dijo que no podía subir. Yo entiendo que a un indocumentado no le dejen subir, que en los aeropuertos se han puestos muy quisquillosos, y que era poner en un aprieto a la joven azafata, pero yo tenía que subir como fuera, así que le rogué que hiciera la vista gorda. Mi suplica funcionó, me dejo pasar.

Hasta que estuve sentado en el avión no caí en la cuenta de que a la vuelta volvería a tener el mismo problema. Y si no me dejaban volver la cosa era peor todavía que no dejarme ir. Pero tampoco era cuestión de preocuparse antes de hora, si me había ido bien una vez, podía irme bien otra más. Y así fue, la amable azafata de la vuelta meneó un poco la cabeza, y en un tono maternalista me dijo – venga, sube, y que no vuelva a pasar.

Al final, a pesar del apuro que pasé por mi olvido, el día de ayer fue maravilloso ya que pude descubrir que todavía queda gente maja y amable trabajando de cara al público. Esas piadosas azafatas me alegraron el día.