Jue 9 Oct 2008
Hubo un tiempo, hace años, en que yo era un usuario de las cabinas telefónicas. Eran, como su propio nombre indica, una cabina acristalada con un teléfono público de monedas desde donde podía, con cierta intimidad, realizar llamadas sin que todo el mundo se enterase de las trolas que le soltaba a mi madre porque iba a llegar tarde o las cursiladas que le decía a mi novieta.
Era un tiempo en que era impensable que la gente llegara un día a hablar, como idos, sola por la calle pegados a un minúsculo teléfono móvil, un tiempo en que dentro de un bar, un autobús, una consulta, o en cualquier sitio público en general, nadie se hubiera atrevido a mantener una conversación privada a grito pelado, un tiempo en que las conversaciones telefónicas eran íntimas y personales.
El año pasado me encontré con una de esas cabinas, muy parecida a las que yo solía usar, en un estado algo deplorable, mutilada pero viva al fin y al cabo. Pensé que debía estar ante un ejemplar único en peligro de extinción y por ello le hice una foto para el recuerdo. Desde entonces he ido buscando otros ejemplares y no he hallado ninguno.
Lamentablemente esta historia no tiene un final feliz ya que hace unas semanas se cargaron esa último ejemplar de cabina. Así que se acabó, uno más para la lista de especies extinguidas.