Sab 14 Jun 2008
Cuando era pequeño después de un frío invierno deseaba con locura que llegara el calor para ponerme en manga corta. Pero mi madre, tan protectora ella, hasta mediados de junio no dejaba que me pusiera la ropa de verano. Siempre me decía “hasta el 40 de mayo no te quitarás el sayo”, y con esas estaba yo esperando ansiosamente ese día. No sé porqué me hacia tanta ilusión eso de la manga corta, y de hecho en realidad tampoco hacía tan bueno como para ir ligerito de ropa, supongo que eran cosas de la edad.
Ahora, muchos años después, me he dado cuenta que a pesar del ya cansino cambio climático el antiguo dicho popular sigue siendo válido. Este año sin que mi madre me sermoneara nada llegué al 40 de mayo con mi manga larga. O sea que no sé si está cambiando algo o no. Y por cierto ¿lo del cambio no era que dejaría de llover?
Lo que no cambia es la ilusión de los niños por la manga corta. Mis hijos nos han dado la cruz todo el mes de mayo con el temita. Mi mujer les ponía manga corta y una chaquetita encima que sin duda alguna se quitaban mucho antes de llegar al colegio y que sólo se volvían a poner por la tarde antes de llegar de nuevo a casa. ¡Bendita inocencia!.

Sea como sea, el caso es que el verano parece que ya llega y lo hace a su tiempo. Hoy ya hace calorcillo de verdad.
¡todo el mundo a quitarse el sayo!
Mis hijos querían hacer la Primera Comunión y yo que soy tan reacio a estas cosas tuve que ceder a su voluntad.
Cuando hicieron el sorteo de la mili de tres mil y pico de candidatos sólo a mi y a otros 4 afortunados nos tocó Melilla.
Ayer le desvelamos a nuestro hijo el gran secreto del Ratoncito Pérez. 
¡Joder con el cambio climático, hace un frió del carajo!.
En el umbral de los 40 observo a los chavalines universitarios a los que doblo en edad y percibo de golpe esa gran losa que está a punto de aplastarme. Cuarenta inviernos prestos a caer sobre mi maltrecho cuerpo, que poco tiene ya de juvenil.
Todas las semanas viajo a Menorca, y lo peor de todo no es la dura jornada de trabajo, ni el incordiante despertador repicando a las 5 de la mañana, ni el atronador ruido de las turbo-hélices del